Acción & Reflexión

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El arte para cambiar el mundo

Texto Por Carlos Javier Leguízamo Jurado

 

El mundo moderno se caracteriza por la sujeción del hombre a sus circunstancias materiales, arrojándolo a encontrar su felicidad en la satisfacción de deseos homogéneos. Es entonces cuando la masificación de las ideas, el consumismo, la perdida de autonomía del hombre y la hegemonía cultural, se convierten en la esencia del hombre moderno, desfigurando la esencia y trasponiendo lo virtual por encima de lo real.

Lo anterior se resume en alienación, pérdida de consciencia o cualquier otro adjetivo que una simple reflexión alcance. Lo interesante es encontrar con que herramientas se cuenta para aminorar la ebullición que ahoga al individuo, convirtiéndole en una gelatina moldeable a sus intereses de lucro insaciable. Y es precisamente sobre esta búsqueda donde el arte aparece como un elemento que contrarresta ese sentido de realidad univoca, convirtiéndose en brote de resistencia, revelando ante nuestros sentidos que lo imperceptible no ocurre por incapacidad de entendimiento, sino por el desvió de nuestra atención en lo superfluo.

Walter Benjamín menciona que el valor único de la obra de arte “autentica” tiene su fundamento en lo ritual. Por tanto, todo arte que no considere la posibilidad de involucrar un comportamiento indistinto de lo establecido, no se puede considerar como tal. También se inserta dentro del arte, la esencia de no reproducir el objeto per sé, como maquinas, sino el de emerger en la representación el interior de quien crea, se exterioriza las ideas y los sentimientos abocando a un verdadero yo, dejando por un lado ese mundo de sensaciones, pensamientos y objetos repetidos.

Una vez expuesta la herramienta, ahora viene bien reflexionar sobre el papel de la juventud como forjadora de arte.

Ante la imposibilidad del actual hombre moderno de asumir respuestas frente al estado actual, atrofiado por la cultura mass media y con profundos miedos al fracaso de establecer nuevos modelos para afrontar sus vidas propias, la juventud se encuentra en la necesidad y oportunidad de revolucionar la situación.

El inconformismo permanente de la juventud hacia toda autoridad sin fundamento, así como su carácter impulsivo, la convierten en contrapeso contra el establecimiento formal. Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica, decía Allende animando a la juventud para nunca renunciar a la lógica de trascender el estado actual de violencia social contra el desposeído.

La juventud que acude al arte, encuentra en él motivaciones suficientes para amar lo que hace, haciéndose cada vez mejor en lo que hace y transmitiendo eso que hace mejor a la sociedad que lo rodea. La importancia de ello reside en permitirle al individuo concebir otros esquemas de recepción, intentando poco a poco retirarlo de los moldes de ideas homogéneas. La juventud potencia la facultad de la imaginación que al ser canalizada en el arte, adquiere todo un manifiesto del individuo, logrando desmaterializar lo que concibe como falso o tanto mejor, levantando la voz sobre las cabezas de quienes se conformaron con el mundo tal cual parece ser.

Fotografía © Juan Camilo Moreno

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