El racismo y el mito de Palmares

 Por:
Andrés Mauricio Castaño López

 

Ciudadanos de color vs Humanos sin pigmentación

 

       Se realiza en Cali y Cartagena por estos días la Cumbre Mundial de Líderes Afro en Cali y Cartagena. Un evento que si bien busca apoyar la renovada acción de muchos estados por combatir el racismo, deja como siempre dudas en su práctica en el futuro, pues por todos es bien sabido que en particular nuestra forma de discriminar latinoamericana es camuflada, enmascarada. Decimos no ser racistas pero no resistimos asistir a la burla y el matoneo, así como al prejuicio y el señalamiento. Nos enorgullecemos de la variedad racial en nuestros países, pero en el fondo culpamos a las regiones donde viven los negros e indígenas de no ser productivas o bien gestionadas. Más allá de nuestra condición de ciudadanos o de blancos, amarillos o rojos, hay que apuntar a la mentalidad en que se mueve aquel racismo tapado y desmantelarlo a través de la sensibilización y la educación. Es una tarea actual y muy profunda que nos concierne a todos.

 

favela santamm

Favela Santa Marta

 

El Quilombo de Palmares I

 

       En la época del Brasil colonial, donde la población negra era tratada como mercancía y riqueza, un grito musical de euforia y rabia se fue asomando en las plantaciones de azúcar como un vuelo de pájaros que anuncian la primavera. Los negros eran azotados y obligados a todo tipo de acciones por parte de sus victimarios, unos horrendos colonialistas que, sin importar su nacionalidad, se comportaban como bestias de codicia y violencia. Pero aquel grito comenzó a despertar las consciencias y agrupar la sangre. Los negros comenzaron a huir de los ingenios en la Serra da Barriga y a dividirse en clanes o mocambos. Algunos crecieron demasiado, como los grupos de Macaco y Zubupira. Todos ellos estaban ubicados dentro de un gran quilombo o palenque llamado Palmares. Corría la década de 1650.

Construyendo la nostalgia

       Cartagena de Indias y Rio de Janeiro son de las ciudades más desagradecidas en el continente latinoamericano con sus negros. Sin ellos, sus palacios, sus grandes fuertes, los caminos que comenzaron a dar forma a la metrópoli, las plantaciones que alimentaron los lujos de poderosos y acaudalados por años, no hubieran sido ni posibles ni viables. Y ahora, cuando la modernidad atiza en todas las esquinas y en cada celular, donde las grandes edificaciones de cristal y las antenas dejan ver el alcance global de una ciudad, ahora cuando todavía parece existir la abismal diferencia entre negros y blancos, estas dos ciudades lanzan para las periferias—favelas, comunas, barrios de invasión—a los herederos de una sangre negra que sufrió y batalló en nombre de una dignidad mínima, y que se entregó a los proyectos de la modernidad confiando en ellos porque les habían otorgado la libertad, les habían prometido la abundancia y los integraron al conjunto social. Pero nada de eso fue real y sigue sin serlo. En Cartagena de Indias una casa de rico siempre tiene empleadas negras. Ni se diga Rio de Janeiro, donde todos los trabajos mal pagos los realiza un afro. ¿Qué prometen estos termiteros de lujo frente al mar a los pueblos que se sacrificaron a nombre de su gloria y su futuro?

 

El Quilombo de Palmares II

 

        Los portugueses veían como sus inmensos ingenios se quedaban cortos por falta de mano de obra. Los negros huían a Palmares y se afincaban allí con sus vástagos y pertenencias. Adentro del quilombo todo era como un reino del antiguo África, pues las cooperativas eran comunes para la producción de alimentos, así como la distinción de clanes de guerreros que mantenían a ras la espada y el arcabuz del enemigo. Palmares tuvo una abundancia que llegó a fundar un mito, el del conocido negro Zumbi, sobrino del líder Ganga Zumba y quien mantuvo a raya los ataques de holandeses y portugueses con tácticas de guerrilla.

Su historia nació de un intento de los capitanes lusitanos por hacer un tratado con el quilombo de Palmares. Era el año de 1670 y Fernão Carrilho le dijo a Ganga Zumba que si amainaban la resistencia los nacidos en tierras de Palmares serían libres, así como tierras abundantes en el Cocaú. Muchos negros tenían olfato y silencio y no aceptaron el trato, conocían el rugido del aire y sabían que en las lejanías del Cocaú apenas brotan cactus. Entre los engañados que partió estaba Ganga Zumba, quien murió envenenado por Fernão. El pactó se rompió y en la conflagración Palmares quedó al mando de Ganga Zona, hermano del antiguo líder y aliado beneplácito de los portugueses. Intentaría devolverles su poder pero Zumbi dos Palmares, lleno de grandeza y con su pueblo a sus espaldas, se enfrentó a sus intenciones y liberó de nuevo el quilombo. Apenas comenzaba la leyenda.

Zumbi arremetió contra los portugueses y a lo largo de los años venideros, atacó a las huestes de los colonizadores y de otras naciones tan solo usando las tácticas de guerrilla perfeccionadas. Su nombre se bebía en la agua de los ríos, su grito se escuchaba entre las hojas y la presencia de su fuerza aquietaba los relámpagos y las serpientes. Los europeos necesitaron dieciocho expediciones para lograr invadir Palmares, todas acometidas a los largo de más de un siglo y que fueron comandadas en su mayoría por holandeses y lusitanos negreros que buscaban brazos para mover sus inmensas plantaciones. Zumbi era un fantasma, un rey, un susurro que hacía temblar las rodillas. El explorador Domingos Jorge Velho fue quien comandó la última arremetida contra Palmares, necesitando de cañones de guerra y más de seis mil hombres. Zumbi rebotaba entre la lucha y su magia restablecía la energía de los guerreros del quilombo. Al final de la batalla, su escondite fue revelado por Antônio Soares, quien delató al líder a cambio de que Domingos lo dejara ir en paz. En 1695 Zumbi murió a mano de sus eternos hostigadores.

Cuando Palmares cayó, muchos de sus nativos huyeron por todo el nordeste del inmenso Brasil. Los líderes de los clanes, sin falta, se comenzaron a llamar ellos mismos Zumbi. Los europeos volvieron a atacar pero su miedo se triplicaba. A pesar de ser descuartizado, Zumbi no había muerto. Las partes de su cuerpo mutiladas y colgadas en diferentes regiones, se habían convertido en varios Zumbi. La leyenda se acentuaba y los negros conocían su primer gran mito de liberación.

Zumbi dos Palmares

Zumbi dos Palmares

 

Lo que hay es lo que hay

 

       El racismo, su resistencia, sus consecuencias, sus impulsadores, sus motivos, sus políticas públicas, sus discriminaciones y sus locuras, todavía están inmersos en los sectores más oscuros y públicos de nuestra sociedad. Desde movimientos nazis hasta continuadores del Ku Klux Klan, pasando por movimientos políticos que quieren continuar el caos de violencia en muchas regiones actuales del África, el mundo entero, contando algunas excepciones, está lleno de manifestaciones abiertas de discriminación y al tiempo de intentos opacos por cambiar el panorama, como eso de llamar “afro” a los negros para darles una distinción que no se les ha otorgado en muchos otros campos, o el de arrumarlos en el presupuesto y los proyectos, para simplemente dejarlos fuera en la ejecución y la realización de los mismos.

Nelson Mandela por eso es una figura que sigue siendo contemporánea y de mucha influencia. Mandela es el Zumbi del siglo XX. Avivado por la chispa de la reflexión y la meditación, apostando por que la buena voluntad de los acontecimientos prevalecerá y la justicia y la bondad siempre acabarán triunfando, Mandela le entregó la dignidad a su pueblo, una dignidad que le era arrebatada a diario.

En Colombia y en Brasil, los dos epicentros de la población negra de América del Sur, deben concentrar más esfuerzos que no se queden en la simple inflación de cifras de inversión o en crear panoramas ficticios para maquillar ante el mundo una situación indignante. Tal vez Brasil va en una dirección correcta, trabajando en promover la educación superior y el empleo entre la comunidad afro más humilde. Colombia por su parte, a manos de un gobierno que trabaja para la platea pero no transforma nada en verdad, no sabe todavía cual será el destino de sus negritudes.

 

El Hoyo-Cartagena de Indias

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